lunes, 5 de junio de 2017

Los clubes del fuego del infierno, por Tezcat

Cuando se investigan culturas desaparecidas, ejércitos derrotados, movimientos religiosos suprimidos u organizaciones como el Club del Fuego del Infierno, uno encuentra que la mayoría de la literatura disponible es, con frecuencia, escrita por el enemigo. Incluso en pleno siglo XXI, una época que suele tomarse como ilustrada, las infantiles guerras de lodo aún aparecen como parte integral de la política y la propaganda.
Tal parece ser el caso con el Club del Fuego del Infierno. Debe recordarse que sus miembros eran gente prominente —miembros del Parlamento Británico, La Cámara de los Lores, poetas— miembros poderosos de la sociedad de aquel entonces, y que no carecían de enemigos. La evidencia disponible —casi siempre apócrifa— que sustente la conducta "satánica" de las clases dominantes de la época suele estar escrita por sus opositores.
Mucho antes que el Haz lo que Quieras se convirtiera en el lema de Aleister Crowley, ya estaba siendo utilizado por Sir Francis Dashwood, fundador de lo que es mejor conocido como Club del Fuego del Infierno —quien a su vez lo había fundado según las reglas de la ficticia Abadía de Thelema, descrita en la famosa novela Gargantúa y Pentagruel de Rabelais. Irónicamente, la organización de Dashwood, que estuvo funcionando entre los años 1740 y y 1770, nunca se llamó Club del Fuego del Infierno —eran llamados Los Caballeros de St. Francis, o Monjes de Medmenham, en honor de la Abadía de Medmeham, cuyas catacumbas y pasadizos subterráneos habían escogido como lugar para sus reuniones— pero parece haberse atraído el título de 'Club del Fuego del Infierno' gracias a la reputación de la organización, haciendo eco al nombre de diversos clubes anteriores [La supresión de los Clubes del Fuego del Infierno había sido implementada —sin mucho ruido, y por lo visto no sirvió de mucho— desde 1721, sugiriendo que los clubes de décadas posteriores eran mucho más exclusivos, y tal vez un poco más pretenciosos, que sus primeras manifestaciones].
Incluso hoy en día, cuando los "Clubes del Fuego del Infierno" son mencionados en los círculos más seculares, pueden escucharse vagos murmullos de Eran Satanistas, ¿verdad? El de los Clubes del Fuego del Infierno es uno de tantos casos de quienes se hacen conocidos como Satanistas sin haber reclamado para sí tal título
El problema es que resulta algo difícil definir realmente qué involucra la práctica del Satanismo, aparte de los escritos de Anton Szandor LaVey y la Iglesia de Satán —una organización que, definitivamente, no se acomoda a la percepción que tienen los medios de comunicación —y por consiguiente el público— del 'Satanismo', es decir, sacrificios humanos, abuso ritual, etc. A juzgar por los diversos casos en años recientes de supuesto Satanismo -los medios de comunicación utilizan el título indiscriminadamente como sinónimo de "ocultismo", muchos de los satanistas "independientes" en la actualidad parecen practicar lo que ellos piensan que debe ser el Satanismo. A partir de la documentación seria disponible, este parecería ser el caso. El actual Sir Francis Dashwood, quien no tiene problema alguno en admitir la verdad tras las afirmaciones de las juergas sexuales del Club, apunta que 'no existe la más mínima evidencia que los miebros adorasen al Diablo. Este es un mito que cobró vigencia durante el siglo XIX, y ha continuado hasta el día de hoy'.
Obviamente, existen ciertas escuelas de pensamiento que considerarían 'satánico' cualquiero cosa que no fuese cristiana. De hecho, soy de la opinión que para un Cristiano devoto, cualquier parodia del Cristianismo podría ser interpretada como Satanismo, y poco importa si los parodistas hacen o no referencia a Satán.
A pesar de sus propios relatos, incluyendo al actual Sir Francis, Dashwood y sus amigos han se han hecho célebres como Satanistas históricos, más que todo debido a los relatos de sus opositores políticos y morales de la época, y a los vívidos y exagerados relatos sensacionalistas que aparecieron durante el siglo XX.

Los primeros Clubes del Fuego del Infierno
Como puede colegirse de las investigaciones hechas al respecto, los Clubes del Fuego del Infierno irlandeses, a pesar de incluir miebros del parlamento y la nobleza, parecían una extraña horda salvaje de granujas y pícaros.
Un Edicto Real publicado en 1721 condenaba los actos de "jóvenes que se dan cita para insultar los principios más sagrados de nuestra santa religión de la manera más impía y blasfema, ofendiendo al mismo Dios, y corrompiendo las mentes y la moral de cada uno".
Este decreto hacía alusión a jóvenes con suficiente vigor, dinero y poder para asegurarse que, de ser necesario, se salieran con las suyas. De hecho, en aquella época muchos de ellos eran miembros no sólo del parlamento, sino de diversos clubes, muchos de los cuales eran devotos del más ardiente hedonismo.
Antes de morir de cirrosis a los 33 años, el irlandés Buck Whaley dejó escrito lo siguiente:
"Nací con las más fuertes pasiones, una disposición bastante imaginativa y un espíritu que no conocía restricciones. Poseí una mente inquieta que me llevaba a las actividades más extravagantes; y el ardor de mi disposición nunca se abatía hasta haber debilitado mi gozo hasta la saciedad".
El padre de Whaley, Richard Chappel Whaley, fue uno de los co-fundadores, junto con Richar Parssons, primer Conde de Rosse, del "Club del Fuego del Infierno" irlandés, que existió entre 1734 y 1741. Hay miles de historias acerca de este grupo, y de las francachelas que celebraban donde acostumbraban reunirse, la Taberna Eagle en Dublín y la mansión construida por Sir William Conolly sobre la colina Montpellier, que domina la ciudad. Existen muchas historias de apariciones demoniacas, misas negras y sacrificios relacionadas con este sitio, así como rumores de prácticas Satánicas.
A pesar de estos rumores, los Clubes del Fuego del Infierno parecen haber deicado su tiempo a actividades relativamente inocentes, tales como beber scultheen, una mezcla de whiskey y mantequilla rancia, incendiar iglesias y luchar en duelos

Los Clubes en Inglaterra
A principios del siglo XVIII la sociedad londinense se encontraba en plena transformación. Si probablemente fue uno de los períodos mas libertinos de la historia inglesa, no hay duda que fue la época en la que se bebieron más y más pintas de cerveza. Las tabernas eran los lugares de reunión de las más variadas asociaciones y círculos intelectuales. Algún crítico ha dicho que las tabernas no es lugar más adecuado para la espiritualidad. Sin embargo, fue en esos centros —en la Taberna del Ganso y La Parrilla— donde nació la masonería. Cuando Wren dimitía y los protestantes realizaban su sigiloso entrismo en las logias, en algunas tabernas de alta alcurnia se concentraban jóvenes libertinos con ganas de alternar orgías con bromas pesadas. Se llamó a estos centros "Hell Fire Clubs", Clubes del Fuego del Infierno. Para hacer gala a su nombre, blasfemar era una obligación a la que se comprometían sus miembros; ateos impenitentes, se daban a sí mismos nombre "iniciáticos" relacionados con sus cualidades amatorias ("Johnny pijo largo", "Lady Vagina", "Mary Orgasmos", etc.) e imponían a sus miembros un brindis al diablo en noche de luna llena y en el interior de un cementerio, como rito de admisión. A partir de 1720 los Clubes del Fuego del Infierno experimentaron un crecimiento espectacular en un tiempo que la masonería seguía casi con sus mismos efectivos que a principios de siglo.

El Duque de Warthon
El ídolo de todos estos clubes no era otro que el joven Duque Philip de Warthon. Se trató de un personaje oportunista, provocador, alcohólico, libertino y, globalmente, depravado. Sus vaivenes políticos le llevaron de jurar fidelidad a Jacobo III en Avignon, cuando apenas tenía 18 años, aprovechando la ocasión para sacarle 2000 libras a la viuda de Jacobo II, en Saint Germain, que hicieron de él el mejor conocedor de los burdeles de París. Pero nada le impidió, de regreso a Inglaterra, tomar partido por la causa contraria. Su comportamiento fue progresivamente más escandaloso, sin duda, trastornado por su progresivo alcoholismo. Tan escandaloso comportamiento, conocido de todos, no fue óbice para que fuera admitido en la masonería. No tardaría en crear problemas a la recién creada institución. Se ignora la fecha en la que Wharton ingresó en la masonería, se sabe, eso sí, que logró escalar, muy pronto, hasta la cúpula.
El 25 de marzo de 1722, la Gran Logia de Londres sostuvo la candidatura del Duque de Montagu para ocupar el cargo de Gran Maestre. Montagu no era santo de la devoción del Duque de Wharton, así que éste tomó la iniciativa para impedir la elección. Clavel, historiador masónico por excelencia, cuenta la significativa anécdota: "El 21 de junio [Wharton] convocó una gran asamblea, para la cual había hecho preparar un suntuoso banquete. Estando ya en los postres, y por consiguiente, cuando ya las cabezas estaban algo acaloradas con los vapores del vino, que se había servido con profusión, los partidarios de Wharton, tomando a un tiempo la palabra, atacaron vivamente la reelección del Duque de Montagu, que reputaron como un acto impolítico y suficiente para desalentar a los hermanos, cuyo acto e influencia social podían ser empleados en beneficio de la masonería [...] Los partidarios de Wharton obtuvieron un triunfo completo, resultando aquél elegido "por unanimidad". Todo volvió a la normalidad cuando la Gran Logia declaró nulo e irregular un procedimiento tan expeditivo de nombrar Grandes Maestres que había fraccionado en dos a la masonería. Montagu se comportó moderadamente y, en la asamblea convocada para resolver el contencioso, renunció a su cargo en beneficio de Wharton". Clavel explica que "su administración fue sumamente favorable para la sociedad. El número de logias se aumentó considerablemente en Londres y en los demás condados y la Gran Logia se vió obligada a crear el oficio de Gran Secretario, a fin de poder despachar la correspondencia".
En junio de 1725, Wharton, viajó al continente y tomó contacto con los medios jacobitas romanos y españoles. En 1728, llegó a España y junto con otros ingleses residentes en Madrid fundaría la logia "Las Tres Flores de Lis", situada en la fonda del mismo nombre, en la calle San Bernardo, esquina con la calle de la Garduña. La logia es conocida como "Logia Matritense" e, históricamente, a pesar de que algunos hayan puesto en duda su existencia en los últimos tiempos, puede ser considerada como la primera logia establecida en España. A fines de 1728 volvió a Francia y permaneció en París entre septiembre de 1728 y abril de 1729, federando varias logias existentes en la capital del Sena.
Wharton es tenido por algunos, como el primer Gran Maestre de la Masonería francesa. En 1729 regresó a España muriendo en el monasterio de Poblet. Por motivos que se desconocen, su nombre fue borrado de las Actas de la Gran Logia de Inglaterra en 1768. Wharton murió al poco tiempo con el cuerpo desgastado por todo tipo de excesos. Su recuerdo se mantiene aun en la masonería española cuya Logia de Investigación lleva su nombre.
A pesar de esta tarea misional en España, el Duque de Wharton pasará a la historia por ser el representante mejor conocido y más representativo de los "Clubes del Fuego del Infierno". Puede entenderse entonces el interés que puso el pastor Anderson y Teófilo Desaguliers en denunciar a los "estúpidos ateos" en sus "Constituciones". Efectivamente, el Artículo I del reglamento establecido por en 1723 obligaba al masón "a obedecer a la ley moral; y si comprende bien el Arte, nunca será un estúpido ateo ni un religioso libertino". Estas frases han hecho verter ríos de tinta, pero, conociendo el dato de los Clubes del Fuego del Infierno, mas parecen dardos dirigidos contra el Duque de Wharton que principios dictados por la tradición ancestral de los maestros masones, como hubiera sido de esperar.
El 20 de abril de 1721, el dean de Windsor, editó un proyecto de ley contra los clubes blasfemos. El proyecto era excesivamente radical y permitía perseguir a cualquier indiferentista religioso o disidente de la iglesia anglicana. Wharton fue el principal opositor con que contó dicho proyecto. En ese ocasión actuó como un cínico redomado. Extrajo una Biblia del bolsillo y leyó distintos fragmentos de los Hechos de los Apóstoles, adoptando las poses de un predicador. El proyecto fue rechazado y el propio duque blasfemó a gusto esa misma noche en su Club. Un año después de estos episodios Wharton ingresaba en la masonería y se hacía elegir Gran Maestre, bajo la tutela, bien es cierto, de Teófilo Desaguliers quien le impidió que condujera la masonería, como conducía cualquier otro asunto propio, desordenadamente. Al cabo de pocos años, desposeido de su cargo, terminó siendo expulsado de la masonería, su mandil, guantes y joyas quemados ritualmente. Fundó una asociación, la de los "Gorgomones", en la que caricaturizó a la masonería. Abandonadas las Islas Británicas, volvió a contactar con el pretendiente jacobita. Más tarde hay que ubicar su peripecia española. Murió a los 33 años con el hígado deshecho. Anderson y Desaguliers quisieron asegurarse estatutariamente de que nadie de las mismas características volviera a ostentar un alto cargo en la Orden.

El Club que pasó a la historia
Los Clubes del Fuego del Infierno ingleses, que son el tema de este breve artículo, era un especímen totalmente distinto, un pequeño pero bien organizado —y bastante selecto— grupo de personas. Una extraña mezcla de la Sociedad de ls Poetas Muertos y un Club Playboy, su líder era Sir Francis Dashwood, miembro del Parlamento. Otros miembros (o 'apóstoles') incluían a John Montagu, Conde de Sandwich —quien a la sazón era comandante de la Marina Real— el famoso político John Wilkes, el pintor William Hogarth y los poetas Charles Churchill, Paul Whitehead y Robert Lloyd. Un asiduo visitante de la propiedad de la familia Dashwood en West Wycombe era Benjamín Franklin quien, a pesar de los relatos que se tejieron en su momento, no parece haber sido miembro significativo del Club, aunque no cabe duda que asistía a las reuniones.
Sin embargo, es indudable que los miembros tomaron parte en burlescas ceremonias religiosas, usualmente durante la iniciación de un nuevo miembro. En palabras de John Wilkes, el punto principal de las reuniones era "...un grupo de valiosos y alegres conmpañeros, felices discípulos de Venus y Baco, reuniéndose para celebrar las mujeres en vino y para dar más aliciente a sus festivas reuniones, tomaban toda idea lujosa de los antiguos y enriquecían sus propios placeres modernos con la tradición del lujo de la antigüedad".
No olvidemos que el fundador del Club, Sir Francis Dashwood, fundó también la Sociedad Dilettanti, responsable de la popularización de las obras del neoclásico —que tuvo una fuerte influencia en la arquitectura grandiosa de las islas británicas.

West Wycombe y Medmeham
La propiedad de la familia Dashwood es hoy en día un sitio turístico, y el actual señor de esas tierras le ha sacado el máximo provecho al legado de sus ancestros. Durante 1748 y 1754 Sir Francis Dashwood cosntruyó una serie de túneles y cuevas que atraviesan el valle donde está lcalizada la mansión Dashwood, situada en West Wycombe, a una hora en automóvil al noroeste de Londres. Cualesquiera que hayan sido los motivos de Dashwood para la construcción de dichos túneles bajo la colina, no cabe duda que generó multitud de empleos y se construyó un camino bien pavimentado con la piedra caliza de las excavaciones.
Con su peculiar sentido del humor, Dashwood restauró una antigua torre normanda en la cima de la colina y la convirtió en una iglesia, con su punta rematada con una gran esfera dorada. Esta iglesia —de apariencia bastante cristiana— está situada 300 metros por encima de 'Templo Interior' construído en las cavernas.
El visitante comienza su recorrido por un sórdido túnel decorado con maniquíes de Sir Francis, Whitehead, Franklin y otros. En las paredes de los túneles se hallan grabadas aquí y allá varias imágenes fantasmales de demonios. El túnel se divide y vuelve a unirse, cambia de dirección sin razón aparente, y lleva al visitante al Salón de Banquetes —una caverna sombría con diversas estatuas fijas en nichos— antes de llegar al sugestivo 'Triángulo', y ver las falsas estalactitas del 'Río Estigia' —el río que hay que cruzar antes de llegar al 'Templo Interior'.
Cuenta la leyenda que, en cierto momento, los Caballeros de St. Francis tuvieron que trasladar su centro de operaciones de aquí a Medmeham. Si bien es indudable que en este lugar celebraron fiestas salvajes, es poco probable que hayan hecho más que eso.
¿Por qué cambiar el lujo fastuoso de Medmeham por los fríos y oscuros confines de una caberna de piedra caliza? Varios autores afirman que los nichos circundantes del Salón de Banquetes servía para dar cobijo a los amantes ocasionales—un lugar bastante incómodo para tal tipo de actividades. Es más probable que hayan habido otras razones para la construcción de las cuevas—para generar empleo, para la satisfacción personal de Dashwood, y por el simple placer de hacerlo.
Cuando Dashwood creó su sociedad secreta, lo hizo con el fin de expresar su interés en en la arquitectura, la literatura y la religión. Sólo los más inteligentes y joviales entre sus amigos tendrían el privilegio de ser solicitados como miembros.
En lugar de su propia mansión, Dashwood encontraría el lugar perfecto para sus reuniones. A solo seis millas de las tierras de su amigo el Barón Le Despencer, en las riberas del Támesis próximas a Marlow in Buckinhamshire, estaban las ruinas de la Abadía de Medmeham, fundada por los monjes Cistercienses en 1145. La abadía estaba rodeada por un frondoso bosque, que la escondía de ojos entrometidos. El camino más cercano estaba algo apartado, pero los miembros podían llega fácilmente en botes privados... y... podían retornar a sus hogares gozando de completa privacidad... Se enviaron varias cuadrillas de obreros y la abadía fue reconstruída y el terreno arreglado para convertirlo en un jardín del placer.
Medmeham estaba lujosamente equipada, con abundancia de libros, comida y vino. Siempre había sirvientes disponibles para atender a los miembros que aparecían en Medmeham para disfrutar de una plaácida noche con sus amantes. La casa estaba adornada con lemas y escullturas bastante sugestivos —grandes estatuas de los dioses egipcios Harpócrates y Angerona recordaban el jueramento de secreto al cual se acogían los hermanos y hermanas del club. Incluso disponían de un bote para paseos por el río Támesis, con un gabinete de lienzo escarlata que podía plegarse a voluntad. La proulsión era por cortesía de cuatro gondoleros vestidos con túnicas blancas de ribetes rojos.
Del material disponible de la época, es posible hacerse una idea de lo que suucedía en Medmenham, sin necesidad de recurrir a los fervientes relatos de días posteriores. Incluso hoy en día es posible consultar sus libros de contabilidad, que registraban la cantidad de vino consumida.
Los miebros no eran obligados a voto alguno de celibato, ya fueran hombres o mujeres, sin embargo, estas últimas se consideraban a sí mismas como las esposas legales de los monjes durante el período que estuvieran dentro de los confines del omonasterio —'cada monje era religiosamente escrupuloso en cuanto a no romper la alianza nupcial de cualquiera de sus hermnaos'. De hecho, para que las damas no tuvieran que enfrentar la vergüenza de toparse con sus esposos, hacían su aparición luciendo sendas máscaras— si reconocían a alguien que debieran evitar, se retiraban sin entregarse.
Durante doscientos años, varios autores, con la excepción de Sir Francis Dashwood y el Canciller Beresford, habían pasado mucho tiempo especulando sobre las actividades de los Clubes del Fuego del Infierno, pero siempre desde un supuesto punto de vista moral más elevado.

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